FUNDADOR

 

Año 1946. Las Naciones Unidas se reúnen por primera vez, el bikini se presenta en sociedad, se inaugura el primer festival internacional de cine de Cannes, Karol Wojtlwa (Juan Pablo II) es ordenado sacerdote, se funda la UNESCO, Hungría e Italia proclaman la República, mientras en Grecia triunfa la monarquía, se estrena la película Gilda y fallece el músico y compositor Manuel de Falla.Todos estos hechos acontecían en el mismo año en que nacía en Cortes de la Frontera, Málaga, Fernando Domínguez Morales, fundador de Dimopel.

Hijo de una familia humilde, campesinos arrendatarios. Vivía en la Sierra de los Alcornocales, cuando el fuego destruyó su humilde casa en la que vivía con sus padres y su hermano pequeño. Este incendio sepultó para siempre su infancia, que acaba a los seis años entre los rescoldos de las llamas.

Las dificultades económicas a las que se enfrenta su familia a partir de ese momento obligan a Fernando a hacerse mayor de pronto y a cargar sobre sus espaldas de niño con la responsabilidad de dejar de ser una boca más que alimentar.

Comienza cuidando ganado en casa de unos tíos, hasta que, a los 8 años, se marcha con su padre al cortijo Sambana, situado en la que actualmente se conoce como Carretera del Tesorillo, en Jimena de la Frontera, y que entonces no pasaba de ser un sendero de tierra, y durante cuatro años, Fernando permanece en el cortijo guardando cochinos y cabras. Y también aprendiendo a leer y a escribir e, incluso, a hablar francés.

Un antiguo teniente coronel de la República subsistía tras la guerra civil dando clases por las fincas de la zona a cambio de comida, cama y unas míseras pesetas. Al cortijo en el que vivía Fernando le tocaban las clases de noche.

Admirado por su capacidad de aprendizaje, sobrecogido por su situación personal o conmovido por el afán de superación que demostraba, el profesor convirtió a Fernando en su alumno favorito y, además de las bases de su educación académica, echó los cimientos de un sueño que más tarde se haría realidad.

“Santiaguito”, el protagonista de un libro que le regaló el maestro, era un niño pobre, que vivía en el campo y que terminaría siendo el propietario de una cadena de tiendas.

Quizás porque soñar era lo único que podía permitirse, Fernando soñó con Santiaguito y tras curarse de unas fuertes fiebres que cogió en el cortijo, le dijo a su padre que no regresaba.

Deja así de cuidar cochinos, pero no de trabajar y cambia su trabajo en el cortijo por el de camarero, con el consentimiento de su madre, que lo apoya y consigue que su padre vea con buenos ojos que Fernando se convierta en camarero con 11 años.

Las condiciones higiénico-sanitarias en las que se desenvolvía el trabajo del niño no eran las más adecuadas y tras cuatro años le despiertan una reacción alérgica que le obligan a dejar el bar.

Tras unos meses de convalecencia, Fernando vuelve a trabajar, ya en el verano de 1961, cuando se hace cargo del bar de la piscina municipal de Cortes de la Frontera junto con un socio capitalista.

Con 15 años descubre Ubrique y sus grandezas y hasta la mayoría de edad continúa Fernando ganándose la vida como camarero.

A los 18 encuentra su primer trabajo de oficina, como auxiliar administrativo en una fábrica ubriqueña. El cambio, si bien suponía una mejora en su situación personal, no así en la económica, pues ganaba la mitad que en el bar y tenía, además, que costearse la pensión, por lo que, además del trabajo en la oficina, los fines de semana y lunes por la noche, completaba el jornal trabajando como camarero.

Pero el pluriempleo no agotó a Fernando Domínguez, que aprovechó un plan piloto de escolarización radiofónica para sacarse el Bachillerato, estudios que compatibilizó con un curso de contabilidad por correspondencia.

A las cuatro de la mañana el dueño de la pensión en la que vivía, que era panadero, lo despertaba.

Estudiante al alba, oficinista de día y camarero de noche. Así sobrevivió Fernando durante tres años, hasta que el ritmo frenético dio un aviso a su cuerpo, que empezaba a acusar tanto esfuerzo.

Para poder dejar el bar, tuvo que pedir un aumento de sueldo en la fábrica, que le denegaron, así que se marchó a otra en la que llegó a ser contable.

De la contabilidad, Fernando pasa a representante de otra empresa, también del sector de la piel. En el año 1969 recorre España vendiendo artículos y vende tal cantidad que la empresa no es capaz de servir los pedidos.

Para cumplir con los clientes, monta un almacén de artículos de piel en el año 1970 que, por culpa de la no aportación dineraria de su socio capitalista, tiene que cerrar liquidando todo el artículo.

Fallido este primer negocio, Fernando monta su primera fábrica de artículos de piel. No en vano, el empresario se había curtido y había adquirido experiencia con su trato al público y sus conocimientos del trabajo contable y financiero. La circunferencia se completaba con el carácter incansable y emprendedor de Fernando.

Cuando todo parecía ir bien, una riada en el verano de 1973 acaba con el pedido recién enviado a un gran cliente de Benidorm. La empresa no puede justificar la entrega y el cliente se agarra a eso para no pagar. La riada arrasa con el pedido y con la empresa, que tiene que cerrar, dejando en la calle a 25 personas.

Fernando no ceja en su empeño de escribir su propia historia y acepta el ofrecimiento de la empresa en la que fue contable de montar un almacén de compra y venta de artículos de piel, que posteriormente se convertirá en fábrica. Nuevos inconvenientes y algunos problemas con los socios hacen que Fernando venda su participación y abandone el negocio en septiembre de 1987.

El 27 de octubre de ese mismo año, con los conocimientos adquiridos en su trayectoria laboral y su afán de superación, Fernando Domínguez Morales funda Dimopel con una plantilla de cinco personas.

Dimopel nació con el valor añadido que le otorgó la experiencia de su fundador: 41 años de vida de quien se hace a sí mismo, 33 de duro trabajo y el cultivo de los libros. Lector empedernido, leía y sigue leyendo todo lo que se publica sobre Empresas.

Las inquietudes de Fernando Domínguez no acaban en su labor de empresario, también ha sido presidente de la Asociación de Empresarios de Marroquinería de la provincia de Cádiz durante ocho años y precursor y primer presidente de Empiel.

Desde estos cargos de responsabilidad pública, el fundador de Dimopel ha intentado inocular a las empresas del sector su filosofía empresarial y su máxima: la Unión hace la fuerza.

En su memoria, además de los recuerdos de una infancia que no existió, perdura el orgullo de creador, de emprendedor, de empresario como generador de empleo y riqueza.

Pero, sobre todo, queda la satisfacción personal de haber ganado el reto de superación que le regaló Ricardo, aquel gran hombre que hace 60 años fue más que un maestro de escuela, un maestro de obra que construyó los pilares de un sueño que se ha hecho realidad.